En el nombre del padre

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En el nombre del padre

Por Leonardo Zaleta 

Estrujó el cachito del billete y lo arrojó al cesto con desgano. Salió del estanquillo de la lotería rumiando su mala suerte: ni siquiera reintegro.

Al regresar de la universidad encontró un trabajo con sueldo mezquino. “No está mal para empezar”, se consoló. Recién casado, el embarazo de su esposa se manifestó antes de lo programado.

Al entrar al departamento recibió una sonrisa leve, un beso dulce y un telegrama escueto: “Úrgeme verte, estoy gravemente enfermo. Tu padre”.

Turbado, el muchacho se dirigió a la casa de sus padres. Encontró a su mamá atareada en la cocina; leyó el mensaje sin parpadear. En ese instante entró el esposo, venía de la calle y hojeaba la sección deportiva del periódico.

-Enséñaselo, le dijo secamente, mirando hacia la puerta.

El padre jaló una silla y se dejó caer pesadamente. Con la boca amarga y sumamente nervioso, no tuvo más remedio que confesar con una brizna de vergüenza el secreto que le estrujaba el alma.

Efectivamente, no era su progenitor -le dijo con remordimiento-; se había casado con su madre cuando él era un recién nacido. Y sintió alivio, se despojaba de una carga dolorosa y amarga. Una perla salada y tibia rodó por su mejilla.

Perdóname hijo, pero tu madre y yo decidimos callarlo por tu bien-. Balbuceó.

Fue el muchacho desconcertado quien reaccionó intentando paliar la situación inextricable que se había atorado en los corazones agitados.

No padre, yo no tengo nada que perdonarle. Ustedes hicieron lo que consideraron correcto.

Hijo, entiendo tu frustración. Lo hicimos de buena fe. Pensamos decírtelo cuando fueras adulto y lo pudieras entender, pero se fue pasando el tiempo…

Yo no les puedo criticar nada, padre. Entiéndanlo por favor.

El autor de la patraña, apesadumbrado, tratando de recobrar la voz le recomendó que atendiera el llamado de su padre.

“Padre, yo no tengo porqué ir ver a ese señor”, respondió de inmediato y buscó refugio entre sus brazos ávido de consuelo.

Hasta que poco a poco fue amainando la tormenta interior que le desgarraba el alma. Esa oculta verdad le desbarataba la vida. En un minuto todo su mundo se tambaleaba.

Acomodado en el asiento del autobús cerró los ojos, no para dormir sino para ordenar el universo caótico que rondaba en su interior. En la terminal abordó un taxi del que bajó desconcertado para enfrentar su destino borrascoso

Llamó por el interfón. Sin entusiasmo lo recibió una vieja sirvienta uniformada y lo dejó pasar. El propietario proclamaba su fortuna con un refinado gusto, sin embargo se percibía un hálito de ostentosa tristeza  en la residencia..

“Pásale, te estaba esperando”, dijo el enfermo como bienvenida insípida, sumido entre finos edredones al amparo de una luz difusa.

Después de la habitual cortesía propia de una cita de negocios o de dos personas que no tienen mucho que decirse, el padre le mostró algunas fotografías en que aparecía el hijo en distintos momentos de su vida. “Me las envió tu madre, que me escribía de vez en cuando”. Los comentarios fueron triviales y fríos, propios de una intimidad ocasional.

Absorto en sus pensamientos lo volvió a la realidad aquel bulto devorado por la enfermedad, cuando con voz rasposa le confió que estaba desahuciado y sentía próximo su fin.

La noticia ya esbozada en el telegrama lo acabó de conturbar.

Pero su sorpresa fue mayúscula cuando el extraño anciano le confesó que no tenía descendencia, hacía 20 años que su esposa había muerto devorada por el cáncer, y había perdido a sus dos hijos jóvenes en un accidente automovilístico. No tenía nadie a quien dejarle su fortuna y pensó en él, su primogénito, por quien nunca había hecho nada, de lo que confesaba estar arrepentido.  

El virtual título de heredero universal lo dejó frío y mudo. La opulencia tocando a su puerta era como despertar en un país de maravilla. Aquel anuncio insólito lo desconcertó.

Volvió en sí cuando escuchó la voz adolorida que imponía sus condiciones: para entrar en posesión de la herencia tenía que llevar su apellido y hacer constar que era su hijo en un documento expedido por el Registro Civil. Él lo apoyaría. Había que realizar los trámites pertinentes a la mayor brevedad.

Compungido, silencioso y maltrecho, retornó directamente al hogar paterno; más tarde, con las ideas claras ya hablaría con su esposa. La riqueza le caía del cielo como un chubasco de verano. La visita intempestiva al moribundo lo había dejado perplejo; más que un inasequible gozo lo invadía una cruel vacilación.

Su vida se torcía en un giro inesperado. Era como sacarse la lotería a cambio de repudiar lo más querido. Un imponderable lo rescataba de la modestia y lo convertía en millonario a costa de una inmoralidad condenable; aceptar era llevar en la frente los signos de la codicia y la ingratitud.

Al exponer la pormenorizada relación de lo sucedido se sentía anonadado. El ambiente se tornó glacial y pesado, y los padres se empeñaban en prodigarle cariño para hacer más leve su indecisión.

Sin poder ocultar su pesar le sugirieron que aceptara el ofrecimiento. “Cámbiate de apellido. Es lo mejor que puedes hacer, lo más sensato. Piensa en tu familia”. Le recomendaron que consultara a un abogado. 

Pero, cómo renegar del amor que les profesaba a esos dos seres que lo llenaron de ternura desde la cuna, los que lo cuidaron con amor infinito. Ellos eran su mundo, su pasado; no eran sólo un álbum de fotografías viejas. ¿Inclinarse por el dinero no era una deslealtad, mácula de ambición y felonía?

La encrucijada era una pugna malvada entre el boato y la conciencia. Si repudiaba la herencia, seguramente en el futuro se lo reprocharían su esposa y sus hijos, Lo tildarían de insensato, sentimental y tonto, Quizás ocultaran sus reproches y lamentos, pero su imagen quedaría resquebrajada secretamente.

Sus padres abatidos lo inducían a que reflexionara serenamente su elección. “Cualquiera que sea tu decisión siempre contarás con nosotros”.  “Te seguiremos queriendo igual que siempre”, le aseguraban y eran sinceros.

Aceptar implicaba redefinir el futuro, mudarse a otra ciudad para evitar reproches. Pero, si sus padres no lo acompañaban ¿tendría el valor de abandonados? Les procuraría el mayor bienestar para que nada les faltara, vendría a visitarlos a menudo con su esposa y sus hijos. ¿Y cuando ya no pudieran valerse por sí mismos, cuando enfermaran…?

Por más que le daba vueltas al asunto el veredicto era fatal. Sus padres o su familia –sus más caros afectos- iban a salir lastimados, y él iba a ser el verdugo.

Pasaron unos días que le parecieron siglos. Perdió el apetito y el insomnio lo devoraba. La inquietud no se apaciguaba y la gran incógnita amenazaba con aniquilarlo. 

¡Ya está! Espero no haberme equivocado- dijo al fin en voz baja exhalando un suspiro.  Y se puso de pie. *.

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