OPINIÓN / El carisma / LORENZO MEYER

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En sociología política el concepto de carisma está estrechamente ligado al trabajo del gran sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) y a su teoría sobre la autoridad. Tras un amplio examen de la historia del poder Weber propuso tres modelos ideales para entender su naturaleza y ejercicio. Ninguno de ellos, corresponden a una situación histórica real, son ideales, pero sirven para subrayar sus elementos esenciales.

Uno es el de la autoridad basada en la tradición, en los “usos y costumbres”, otro es el de la autoridad asentada ya en estructuras legales con una racionalidad bien definida, como es el caso en la mayoría de las estructuras de poder actuales, y el tercero es la autoridad carismática y que puede darse en cualquier época tanto en grupos reducidos como al nivel más alto de la organización social.

En la realidad, las estructuras de autoridad a cualquier nivel funcionan como una mezcla de los tres modelos. El reto para el observador es determinar en cada caso específico la importancia de los componentes propios de cada uno de los modelos ideales y por esa vía explicar el caso concreto.

En principio, el surgimiento de un fenómeno carismático no es previsible pero a nivel del sistema político generalmente es resultado de la combinación de al menos dos factores: un entorno social donde sus miembros viven en condiciones que consideran insatisfactorias, de injusticia estructural evidente y sin perspectivas de solución; el otro es la emergencia de un personaje con dotes de líder y cuyo discurso y conducta —su estilo de vida, su biografía— lo llevan a ser considerado como la personificación de la respuesta que esperaban los miembros insatisfechos de su entorno, pues lo consideran la persona que les entiende y que posee  la clave para poder superar las condiciones que han ocasionado la insatisfacción de la colectividad.

El carisma es entonces aquello que se produce con la emergencia de un líder inesperado pero deseado, que no proviene ni de las figuras de autoridad propias de la tradición ni de la normalidad institucional vigente sino de ambas, y al que se apoya y se sigue por creer en su especial capacidad para encabezar una transformación de fondo de la realidad vigente e inaugurar una nueva época, una que desembocará en una existencia individual y colectiva diferente y superior.

Siguiendo la formulación de Weber, el carisma es una característica o un don estrictamente personal y que no se puede heredar, de ahí que quien dentro del círculo de los cercanos al personaje carismático, los discípulos, suceda al líder, podrá beneficiarse de su cercanía y tratar, en su calidad de sucesor, de lo que Weber llamó la “rutinización del carisma”, pero en cualquier caso estará obligado a intentar alguna otra fórmula para cimentar su derecho a un ejercicio legítimo y efectivo del poder.

Para ello, y entre otras cosas, hay que hacer más eficientes y aumentar los canales para recibir las demandas de las clases populares, mantener el contacto informativo y cotidiano entre gobierno y ciudadanía, sostener la “sana distancia” entre el gobierno y la élite económica, expandir y hacer más eficiente los sistemas de salud, de educación y de seguridad públicas, y la lista es larga. En fin, que el reto de llenar el vacío dejado por la desaparición del carisma en la cúpula gubernamental va a ser grande, pero no es insuperable.