Manuel Zepeda Ramos - Sin argumentos

el

Piedra Imán

Manuel Zepeda Ramos

Sin argumentos

Aclarando. Como creo que empieza a amanecer es importante que, en esta época de luces para el futuro, se revisen acontecimientos que se vienen dando.

Quien ve Televisa en este tiempo, por ejemplo, en cualquiera de sus emisiones de información y análisis del día, la tarde o la noche, habrá de observar que hay en nuestro país, desde hace buen tiempo, una real vida democrática en dónde la libertad de expresión es una práctica cotidiana y herramienta de uso.

Tan solo este argumento sería necesario y suficiente para descorazonar a quienes piensan que la conducta del Presidente de México refleja el regreso del viejo PRI al poder.

¿Acaso creen ustedes que cuando el viejo Azcárraga Vidaurreta o cuando el mismo Tigre —la época de oro del viejo PRI—los comentaristas hubieran dicho lo que ahora expresan?

 

Por supuesto que no. Hubieran corrido el real riesgo de perder la concesión y los espacios libres internacionales que, de paso, no hay que olvidarlo: siempre, el espacio de radiofrecuencias, será dominio del Estado.

Quienes acaban de ver las dos partes de la entrevista de López Dóriga a Peña Nieto en el gran horario del Canal de las Estrellas, ¿creen ustedes que el Ticher le hubiera preguntado como lo hizo con don Enrique —con tanta crudeza— a Echeverría o a López Portillo?

Lo que vieron, los que presenciaron las dos entrevistas al Presidente, es precisamente lo que todo el pueblo de México se pregunta y quiere oír y qué mejor que sea en boca del mismísimo.

¿O la entrevista que coordinó hace unos días José Carreño Carlón con un grupo de periodistas que preguntaron todo lo que quisieron?

La libertad de expresión y la democracia republicana de México es una realidad. Van de la mano.

Y eso, se nos olvida; sobre todo a los jóvenes y otros no tanto que no vivieron las épocas del partido hegemónico en el poder; la democracia perfecta como la calificara el premio Nobel de literatura, el peruano nacionalizado español, Mario Vargas Llosa.

Pero la democracia requiere de contrapesos y eso no es un lugar común.

La derecha y la izquierda deben de caminar bien en México.

Sin embargo, una después de haber ejercido el poder por dos sexenios y otra por estar compitiendo por la verdadera fuerza que le da las tribus, parecería que el caminar bien, hoy no es asunto de ninguna de las dos.

Eso, para la democracia nacional, es preocupante.

La contundencia de los resultados del Presidente sobre el futuro nacional en tan poco tiempo produjo en la oposición la pérdida de argumentos de combate ante el resultado concertador y abrumador de Peña Nieto.

Fuera del plebiscito que la izquierda está haciendo sobre el cuestionamiento a la reforma energética, cuyos resultados han tardado en darse a conocer y el reclamo romántico de la derecha con expresidente de la República, incluido porque en su tiempo de ejercicio del poder ejecutivo el Congreso de la Unión no fue receptivo de sus ideas renovadoras, la oposición se desangra en luchas internas, en intrigas que descomponen la esencia que la concibió como partido, con exhibición incluida de deterioro y resquebrajamiento.

Harían bien en replantear sus principios ideológicos y ponerlos en práctica con bríos renovados; harían bien en retomarlos para no lamentar la pérdida de seguidores como en el caso de la izquierda: Morena se frota los bigotes, sabedor de que pudiera ser en el futuro cercano el receptáculo de votos que todavía están en el PRD, con el correspondiente deterioro de la izquierda que, acaso, se alejaría más del poder tan largamente ansiado.

Peña Nieto ha dado resultados. Ahí están, no obstante el reclamo de los comunicadores al respecto.

La propuesta del aeropuerto capitalino pone a México en el centro de la Opinión Pública del mundo y le demuestra a la derecha que sí es posible hacer frente a una real demanda sin complicaciones sociales y sin ambiciones a costa de la pobreza de los ejidatarios.

Pero lo mejor es que las Reformas Estructurales aprobadas son para que funcionen en el futuro mediato, a largo plazo.

Peña Nieto no pensó en la posteridad personal, aunque muy posiblemente le llegue ahora con las propuestas aprobadas. Eran impredecibles cuando se plantearon al principio de su gobierno; resultaban amplia y francamente increíbles para la gran opinión pública. Los buenos resultados de ella no los habrá de ver en funciones presidenciales, porque son a largo plazo; pero se recordará siempre qué presidente las propuso y su gran capacidad de concertación.

Hoy hay rumbo y ganas, otra vez, en nuestro país.

Los números nacionales habrán de evolucionar en los próximos meses y años.

Los únicos argumentos que importan, vendrán. Que sean para bien del futuro nacional.

Al tiempo.