Sergio González Levet - El claxon (2)

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Sin tacto 

Por Sergio González Levet 

El claxon (2) 

Sigo hoy con el tema del claxon porque una estimada lectora me ha hecho ver que detrás de los que tocan la bocina del coche o del camión muchas veces hay razones de peso para hacerlo.

—No, señor, —me dice— se ve que usted no se ha encontrado (y ojala que nunca se encuentre) en la situación de tenerse que abrir paso a claxonazos porque a algún cafre o a varios se le ha ocurrido detenerse en donde no deben y hay que arrearlos a fuerza de ruido y otras expresiones que por pudor -y porque ahora no estoy enojada como para perder los estribos- no digo aquí. Es que a veces no hay de otra.

Yo me sentí como el antagonista de Mujeres divinas de mi compadre Martín Urieta, porque seguro ella me quería decir, como en la canción, que “si opinaba diferente, sería porque jamás me traicionaron”.

 

Me dieron ganas de contestarle en la misma tesitura y aclararle que “yo soy uno de los seres/ que más ha soportado los fracasos/ y siempre me dejaron las mujeres [y los cafres]/ llorando y con el alma hecha pedazos”.

La verdad es que, siguiendo al filósofo de Michoacán, “se tiene que sufrir cuando se ama” (y se maneja), sobre todo en una ciudad de vialidad tan conflictiva como Xalapa. Y qué digo conflictiva, ¡imposible!

Pero poner a cantar nuestras bocinas ante la primera molestia que nos ocasiona el de junto (seguro un querido amigo taxista o un irreprochable chofer de autobús), es una exageración. Decía Isaac Asimov que la violencia es el último recurso de los inteligentes, y podríamos aquí parafrasearlo y decir que el claxon debe ser un último recurso para los conductores que todavía tienen un resquicio de humanidad y no han terminado de confiar en la bondad del ser humano.

Si me permiten la pausa, ese excelente escritor norteamericano y gran divulgador de la ciencia hacía ver que la violencia como elemento para tratar de solucionar un problema es un recurso que sale muy caro y que tiene consecuencias imprevisibles, sobre todo cuando se nos revierte con una fuerza mayor a la que le imprimimos nosotros. Asimov pensaba en las guerras y decía que lo mejor era llegar a acuerdos por la vía de la negociación, aunque no se consiguiera todo lo que se quería. Como este judío debían pensar sus paisanos de raza y religión para detener de inmediato las hostilidades que han desatado contra los palestinos, pero sobre todo contra niños y mujeres que no tienen ninguna culpa.

Ya de vuelta al tema del claxon, hay que reconocer que hay ciudadanos considerados que han mandado a poner verdaderas obras de arte musicales en sus vehículos, de modo que cuando aprietan el centro del volante salen maravillas como los acordes inmortales de la Quinta de Beethoven o de la 40 de Mozart.

Hay sí, un vecino que le puso a su coche el grito de Tarzán, que nos receta todos los domingos muy temprano, porque se pone a dar vueltas como loco por el fraccionamiento.

Qué ganas de ser gorila, para darle su merecido.

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