“Brasil por encima de todos”: Bolsonaro

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AGENCIA

Al término de los actos de este martes, primer día de 2019, la impresión que queda es la de que alguien piadoso debería haberle avisado al capitán retirado Jair Bolsonaro que habría una ceremonia protocolar de traspaso de mando y que él asumiría la presidencia de Brasil. Como semejante alma bondadosa no apareció, Bolsonaro creyó que seguía en campaña electoral, y en sus dos discursos distribuyó frases muchas veces pronunciadas desde la campaña electoral y poco más.

Algunos pronósticos fallaron. Para empezar, no llovió. Al contrario, fue un hermoso día de sol. Tampoco aparecieron las 300 o 500 mil personas esperadas por los ardorosos adeptos del capitán: apenas superaron 100 mil. Menos, bastante menos, que las personas recibieron con euforia a Lula da Silva en 2003.

Un misterio se deshizo luego de insinuar que, por razones de seguridad, la nueva familia presidencial desfilaría en un auto blindado. Pero no, el capitán, su señora esposa, Michelle, y uno de sus hijos, Carlos –el más beligerante de un trío extremamente belicoso– aparecieron en el mismo vetusto y elegante Rolls Royce descapotable fabricado en 1952.

La verdad es que no habría nada más a merecer mayores atenciones, de no ser por lo que el tono en que el capitán dijo lo que dijo, y principalmente, por lo que dejó de decir, tanto en el pleno del Congreso como cuando habló para una multitud de incondicionales.

Si en su primer discurso como presidente, en 2003, Lula habló largo y detalladamente durante 44 minutos. El de Bolsonaro, ante el Congreso, no llegó a 10 y no hizo más que anunciar programas y pautas de lo que será su gobierno. Se limitó a leer lo que más parecía un resumen de sus pronunciamientos en su forma preferida de expresar lo que parece creer ser sus pensamientos, el Twitter.

Frases cortas, cuidadosamente ordenadas y leídas con cierta dificultad, anunciaron reformas estructurales, reiteraron promesas de responsabilidad económica, defensa cabal de la democracia, pedidos de una sociedad sin discriminaciones (aunque, eso sí, basada en los principios judaico-cristianos), guerra extrema a la corrupción, derecho de los ciudadanos a defenderse (o sea, armas a la población como forma de dar combate a la violencia), crítica a la “sumisión ideológica” (como si cada uno de sus gestos no respondiese a una ideología de extrema-derecha), en fin, nada que no haya reiterado hasta el agotamiento.

Un momento que mereció un tono enfático ocurrió cuando reivindicó haber liberado el país “del socialismo, de lo políticamente correcto y del gigantismo del Estado”. Ah, claro: todo eso con muchas, muchísimas menciones hacía Dios.

Después, al hablar al público que se unió para acompañar su aparición en el Palacio do Planalto, el señor capitán volvió a acercarse a un Bolsonaro en estado puro.