Sergio González Levet - JJCC: optimistas y pesimistas

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Sin tacto

 

Por Sergio González Levet

 

JJCC: optimistas y pesimistas

 

Había un señor que tenía dos hijos gemelos que eran como dos gotas de agua… Bueno, eran idénticos al menos en la apariencia, porque en el carácter tenían sendos elementos que los diferenciaban profundamente:

Uno era el rey de los optimistas. A todo le encontraba el lado mejor y siempre veía hacia el futuro con una profunda esperanza, confiado en su suerte.

El otro -orto y ocaso, alfa y omega, sima y cima- era el más oscuro de los pesimistas, el más pesaroso de los tristes, un Garrick que con Juan de Dios Peza podía afirmar “en un profundo spleen muriendo vivo”.

Lo que en el primero era alegría y esperanza, en el otro era miedo y adversidad; lo que en uno era oportunidad para el disfrute, en su gemelo era ocasión para prever desgracias infinitas.

 

Un buen día en que cumplían años, el buen padre decidió equilibrar la personalidad de sus hijos con regalos que frenaran sus encontrados arrebatos emocionales. Así que al hijo pesimista le compró un hermoso automóvil deportivo -ni más ni menos que un Lamborghini Diablo, que dicen es de los caros en el mercado- y le dejó en su buró cuando estaba dormido las llaves y una fotografía del vehículo.

Al optimista irredento le dejó junto a la otra cama (los hermanos compartían la misma habitación) una caja de zapatos, llena de estiércol de caballo.

Despertaron por la mañana los hermanos y vieron los regalos que habían recibido.

El pesimista de inmediato se empezó a lamentar:

—Mira nada más, hermano: mi padre me regaló un lujoso auto deportivo y ya estoy pensando en las complicaciones que tendré para mantenerlo intacto y en buen estado. ¡Ni te digo lo que tendré de pagar por la tenencia! Y no se diga si se me descompone. Encima, no van a faltar los que me quieran secuestrarme al verme pasar en la calle con un carro tan costoso. No, qué desgracia haber recibido ese regalo. Pero… ¿a ti qué te regaló nuestro padre?

El hermano corrió a abrir la caja de zapatos y se dio cuenta de que estaba llena de estiércol de caballo:

—¡Albricias! —exclamó—. Qué suerte la mía. Mira, hermanito, mi padre que es todo bondad y desprendimiento, me regaló un caballo pura sangre, de la raza más fina. Mira, ¡aquí me dejó su caca!

 Bueno, pues ante el advenimiento de los Juegos Centroamericanos y del Caribe no faltan los que le apuestan al desastre y auguran que todo saldrá mal, que las obras no quedarán concluidas en tiempo y forma, y que serán los peores organizados de la historia. Junto a ellos están sus gemelos enfrentados, que todo lo miran color de rosa.

Lo cierto es que en Veracruz tendremos en noviembre la oportunidad de abrir una ventana al mundo y promover lo más valioso que tenemos como estado, que es nuestra gente y su carácter, nuestra historia, nuestra gastronomía, nuestra cultura, nuestro arte, nuestro…

No hay que ser tan optimista para asegurar que serán unos juegos magníficos, históricos.

Ya lo veremos.

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