Sergio González Levet - ¿Líder social?

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Sin tacto

 

Por Sergio González Levet

 

¿Líder social?

 

Te veo feliz, potente, emocionado atrás del micrófono en la plaza pública, en la carretera, en la avenida: estás arengando a tu multitud que, lástima, es poco numerosa, pero en sus reducidas decenas y en su aumentada pobreza sirve para tomar la calle, para tapar el paso, para llamar la atención del poderoso (que para ti es quien tiene el recurso para comprarte, el puesto para cooptarte, la amenaza para espantarte).

Dices casi siempre lo mismo porque tu discurso, gastado y todo, sigue sirviendo muy bien a tus fines inmediatos, a tu supervivencia, a la de los seguidores que lograste convencer, esos que parecen igual de jodidos que tú pero que lo son más porque no traen un disfraz para aparentar lo que no son, como tú, que vives de la apariencia, de la mentira, de la negociación en lo oscurito.

 

Te escucho en la plaza vociferando contra el mal gobierno, contra algún funcionario que pueda caerse con un apoyo, contra alguna ley, contra alguna medida, contra lo que sea.

Te escucho también murmurar ante el negociador oficial el precio de tu retirada: “Deme 200 mil, y me llevo a mi gente… ¿Se le hace mucho? Bueno, ¿qué le parece si lo dejamos en 30 mil?”

Eres uno y todos, repetido hasta el infinito en las consignas ateridas de siempre, manchadas por los años, cansinas a fuerza de seguirse diciendo, gritando, coreando:

“El pueblo unido, jamás será vencido”.

“El pueblo callado, jamás será escuchado”.

“Prensa vendida, cuéntanos bien”.

“Educación primero, al hijo del obrero; educación después, al hijo del burgués”.

“El pueblo se cansa, de tanta pinche tranza”.

“Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar, por un gobierno obrero, campesino y popular”.

Lo bueno de la consigna es que es etérea, no significa nada y así no le tienes que explicar nada a los que componen tus escuálidas huestes —escuálidas por el número, escuálidas por el hambre—: sólo tienen que memorizar y repetir el estribillo, pararse en la calle, enseñar su calidad de marginados, de campesinos, de indígenas.

De lo demás te encargas tú.

Te veo y quisiera, en verdad quisiera, que tus demandas fueran justas, fueran genuinas, fueran sinceras; que fueras el dirigente que muchos necesitan porque tienen muchas necesidades, para que así un día puedan dejar de rabiar su dolor de olvidados, ése sí genuino.

Pero no, solamente eres un remedo, perdona que te lo diga; un tigre de papel que no le sirve de nada a los que realmente sufren injusticia, discriminación, enfermedad… pobreza en una palabra.

Tú no les sirves. Tú solamente te sirves de ellos, de esos 20 o 30 que congregas para que paren el tránsito durante media hora y desquicien la vialidad citadina por todo el día.

Has encontrado un modo de supervivir con el oficio inédito de la queja permanente, del mitin que no cesa, de la demanda que nunca termina.

Eres un mariachi que se contrata y toca al son que le solicitan.

Pero no eres más que eso… lástima.

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