Mujeres de sangre azul ¡Madres, a mucha Ley!

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Doña Juanita y Berenice han creado ya una dinastía al interior de la Policía Intermunicipal; madre e hija sirviendo diariamente con honor a la ciudadanía

 

Édgar Escamilla

Poza Rica

Fueron muchos festivales del Día de las Madres y juntas de padres de familia a los que Doña Juanita no pudo asistir. El uniforme que ha portado durante los últimos 21 años le ha dejado infinitas satisfacciones, pero también le ha costado estar separada de su familia en momentos trascendentales; aun así, la menor de sus hijas, Berenice, decidió incorporarse a la corporación y ahora, madre e hija, sirven a la ciudadanía de Poza Rica, Tihuatlán y Coatzintla desde las filas de la Policía Intermunicipal.

Juana Ortega Vite ostenta el cargo de Policía Primero; a sus 60 años cuenta con una antigüedad ya de 21 años de servicio al interior de la Policía Intermunicipal Poza Rica – Tihuatlán Coatzintla.

 

Casada y con cinco hijos, cuatro mujeres y un varón, decidió seguir su sueño de ser policía y causó alta un 15 de marzo de 1994, en la entonces Policía Municipal.

La mayor de sus hijas tenía apenas trece años, pero se tuvo que hacer cargo del cuidado de sus hermanos menores, quienes aprendieron a compartir las tareas de la casa mientras Doña Juanita salía a cumplir con su turno de ocho horas.

“Les dejaba lista la comida y la ropa limpia antes de entrar al turno; como salía temprano, me daba tiempo de atenderlos por las tardes”, recuerda. Así fue como Dulce Guillermina, Margarita, Jazmín Lizbeth, Azariel y Diana Berenice crecieron,  teniendo como ejemplo la entrega y sacrificio de su madre policía.

Recuerda que entonces la Policía Municipal era una institución pequeña y con muchas carencias, cuando se crea la Intermunicipal, era entonces una corporación más grande, con más elementos, patrullas, servicios y mejores condiciones laborales.

En sus 21 años como policía ha trabajado en diferentes servicios, desde realizar guardias como el resto del personal operativo, como estar al frente de la cocina comedor, donde figuró como encargada; lo que le valió para que el entonces coordinador, Remigio Ortiz Olivares, la ascendiera a Policía Primero. Actualmente presta sus servicios en la guardia del Centro de Reinserción Social (Cereso) de Poza Rica.

“Cualquiera podría pensar que es sencillo estar ahí, pero se ven tantas cosas… Se siente mucha tristeza de ver cómo sufren por sus familiares, pero uno no puede hace nada en realidad, nomás ve y les dice que tengan paciencia, que le echen ganas”, comenta.

Con esfuerzos logró sacar adelante a sus hijos. La mayor de ellos estudió una ingeniería, otra es contadora y la tercera también estudió ingeniería, solo su hijo se quedó en preparatoria y la más pequeña estudió tres carreras diferentes, pero no las terminó.

“Ya todos se casaron, ya me quedé solita en la casa; así que de vez en cuando los visito a los que están más cerca”, a las que están fuera de la ciudad, aprovecha las vacaciones para poder visitarlas.

“Fueron muchos festivales del Día de la Madre a los que no pude asistir. Era rara la vez que fuera a pararme a las escuelas por una u otra razón. La mayor siempre fue mi apoyo, a la que le tocó suplirme en muchas funciones”, recuerda mientras su rostro se quiebra por un instante, pero su temple de policía se guarda el sentimiento y continúa con la entrevista.

Recuerda que en los festivales del Día del Niño y demás fiestas que se organizan en las escuelas, siempre trataba de cumplir con lo que le encargaban, siempre y cuando se tratara de comprarlo, pues no podía preparar cosas y llevarlas por falta de tiempo.

“Me hubiera gustado hacerles sus gelatinas, la comida que les pedían, pero no siempre se puede aunque se quiera. Fue muy difícil, cuatro mujeres y un chamaco… era andar a las carreras con la ropa, cuidar que hicieran la tarea, siempre corriendo de un lado a otro. Cuando mi hijo se enfermó, estaba en Coatzintla, entraba a las ocho y salía a las tres, terminaba mi servicio y salía corriendo a cuidarlo, a relevar a mi hija”.

Su vida ha sido un constante ajetreo, dividirse para cumplir como policía y como madre, como enfermera y amiga de sus hijos, por lo que ha tenido poco tiempo para ella, pero para cuando alcance el beneficio de la jubilación, piensa  tomarse un tiempo para ella misma, descansar y disfrutar de sus nietos; después emprender un negocio.

 

Se lleva en la sangre

Diana Berenice Ortega Vite es la hija menor de Doña Juanita; con 28 años y madre del pequeño Miguel Ángel, sabe lo difícil que es ser una mujer policía y combinarlo con su papel de esposa.

Su infancia la vivió rodeada de sus hermanos, quienes cuidaban de ella por ser la menor; pero desde pequeña siempre se sintió orgullosa de que sus padres fueran policías y eso le llevo, años más tarde, a portar ese mismo uniforme.

“Me gustaba verla con su uniforme, mi papá también fue policía. Decía: algún día voy a ser como ellos, siempre fueron mi ejemplo”, recuerda.

Su niñez tuvo “cosas buenas y cosas malas”, como la de todo niño, pero “siempre fue un orgullo tener padres policías, tuve que padecer que en algunas ocasiones ellos no pudieran estar presentes por cumplir con su deber”.

Tiene presente que su madre, Doña Juanita casi no iba a las juntas en su escuela, pero cuando sus compañeros se enteraron que era policía, todos se mostraban curiosos, querían saber más; les gustaba la idea.

“Hace casi cinco años deje de estudiar cuando falleció mi papá, como que tuve un bajón y ya no quería hacer nada; entonces nació la idea de ser policía, mi mamá me decía que no iba a aguantar… que los desvelos, los servicios, la responsabilidad... Durante un año estuve insistiendo hasta que por fin pude convencerla y presenté mi solicitud”.

Berenice causó alta en la Policía Intermunicipal el 16 de septiembre de 2011. “Entonces fui directo a la guardia como todos mis compañeros”; un mes después la asignaron como escolta de uno de los jefes y posteriormente fue reasignada a la armería, ahora se encuentra comisionada en el C4.

Ahora casada, no ha sido fácil compaginar su oficio con sus labores del hogar. “Cuando soltera tenía todo el tiempo para mi, ahora es diferente, casada, debo llegar a casa y cumplir también con las obligaciones en el hogar y brindar atención a mi hijo; no me gusta desatenderlo”. Gracias a estar comisionada en el C4, puede pasar mayor tiempo con su hijo, de tan solo año y medio de edad.

“Mi esposo es civil y no le gusta que sea policía, piensa que como mujer soy más débil, pero he demostrado que somos iguales, con las mismas capacidades, pero teme que me pueda ocurrir algo malo y lo entiendo”.

Ella estudiaba la licenciatura en Seguridad Pública cuando logró embarazarse, por lo que tuvo que dejar la carrera pendiente, que retomará en cuanto su hijo esté más grande.

 

La vida del policía no es fácil

Si bien los temores de su esposo están fundados en las condiciones laborales en que se desempeñas los cuerpos de seguridad, Berenice y su madre han demostrado que como mujeres tienen las mismas capacidades para ser policías, pero aún así, deben cargar con estereotipos que les ha impuesto la sociedad. 

“Hace tiempo vi una foto que se difundió por las redes sociales, en la que está una patrulla estacionada en el centro de la ciudad, frente a un restaurante. Todos comentaron que qué poca de los policías que estaban ahí con la torreta encendida, no saben que nosotros también comemos y que debemos darnos un espacio pequeño.

Muchos solo dicen: miren, ahí están de flojos, pero no entienden que también somos personas y en muchas ocasiones tenemos que dejar la comida ahí para salir a prestar un auxilio, que en ocasiones han sido llamadas de broma”, comenta.

 

Juanita y Berenice; esposas, madres, abuela e hija; pero con algo más en común que el parentesco: el amor por el uniforme. Pero su legado no queda ahí, ahora uno de sus nietos, planea ingresar a la Policía, recibiendo el consejo de que debe prepararse aún más académicamente para ocupar un rango más elevado.