El muralismo no muere, solo el muralista: Teodoro Cano
-En la recta final de su existencia, el artista papanteco prepara la que podría ser su última obra y que embellecerá los muros de la USBI Poza Rica
Édgar Escamilla
Lejos quedaron los años dorados del muralismo mexicano posrevolucionario, donde figuras como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco o Rufino Tamayo plasmaron sus obras por toda la república, de la mano de José Vasconcelos que, como secretario de Educación Pública, favoreció el florecimiento del arte público; del mismo modo, la segunda generación de artistas mexicanos ha comenzado a dejar el plano material en el que sobreviven sus obras, como lo refiere el maestro Teodoro Cano García, quien en sus inicios fuese ayudante de Rivera y que hoy, ve cercano el punto de su partida, pero deja un invaluable legado a lo largo y ancho de la geografía veracruzana.
Oriundo del Barrio del Zapote, Papantla, aquella que obtuvo el mote de “La ciudad que perfuma al mundo”; Teodoro Cano nació un 29 de mayo de 1932, casi 22 años después del inicio de la Revolución Mexicana, movimiento que a la postre propiciaría el surgimiento del Movimiento Muralista Mexicano, corriente artística que se caracterizó por ser además un movimiento social, identitario y de resistencia.
De pronto el maestro estaba ahí, sentado en la salita de espera de la Vicerrectoría Poza Rica – Tuxpan de la Universidad Veracruzana, esperando ser atendido por el vicerrector José Luís Alanís Méndez, con quien habría de entablar una charla acerca de su próxima obra, y probablemente la última, como él mismo dijo, la cual decorará uno de los muros de las salas audiovisuales de la USBI.
De camisa a cuadros y con sus lentes bifocales, Cano García era saludado por cuanta persona caminaba por el lugar.
Con 83 años a cuestas ya no le es fácil estar de pie todo el tiempo; de los cuales las últimas siete décadas han estado dedicadas al arte, desde aquella ocasión en que conoció al maestro Diego Rivera durante su visita a la ciudad de Papantla.
Tenía escasos 13 años cuando conoció a Rivera, quien le ofreció su apoyo y, tres años después, decidió partir a la Ciudad de México, donde pasó ocho meses en la casa del artista. “Nunca lo vi, en ese tiempo, cuando nos entrevistamos le dije que no era lo que yo esperaba, me dijo que me podía tomar como ayudante, pero estas muy chico, necesitas experiencia, ¿por qué no te metes a una escuela?, yo te recomiendo…” recuerda.
“Me dio una carta para el gobernador del estado, Adolfo Ruiz Cortines, para que me diera una beca y me mandara a estudiar a México. Fui a Xalapa después de ocho meses que estuve en su casa”.
Al llegar a Xalapa, inmediatamente fue llamado y le entregaron una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, la antigua Academia de San Carlos. Así comienza la historia de Teodoro Cano.
Su mirada se pierde a momentos, haciendo memoria de sus inicios en el mundo del arte. “Me fui muy chico, pero con muchas ganas de estudiar y saque los primeros lugares en todos los años “.
A su regreso a Xalapa trató de conseguir una prebeca para seguir sus estudios en el extranjero, pero no lo logró. Se encontró entonces con Simón Villegas, quien luego lo reconoció, “¿tú eres de Papantla? le preguntó, “mira qué bueno, porque necesitamos un dibujante”.
Hizo un dibujo para inaugurar la primer cancha de basquetbol en Poza Rica, a su llegada a esta ciudad consiguió un contrato en Petróleos Mexicanos. De su trabajo en la empresa recuerda al señor Pope Valladares, con quien trabajaba en diferentes tareas, desde albañilería, carpintería y pintura.
“Casi todo el año era pintura, por eso yo me quede más o menos a gusto, trabajaba en las decoraciones de las fiestas del petróleo en aquellos años, empezaba Petróleos, todos los desfiles eran maravillosos, los carros alegóricos eran muy vistosos. El 18 de marzo hacíamos hasta seis carros alegóricos, por todos lados me iba bien”.
En aquellos tiempos, seducido por el dinero que ganaba en Pemex, el joven Teodoro estuvo a punto de abandonar su pasión por el arte, hasta que algunos de sus excompañeros en la Academia, que habían estado en Estados Unidos, volvieron y le platicaron sus hazañas, sus aventuras “y me remordió la conciencia, ya estaba dejando el arte, era la pura lana en Petróleos, tenía oficina, trabajo y eso me obligó a despegarme totalmente”.
Después de esto, sus manos volvieron a hacer arte, decorando muros por todo el estado, siendo el más representativo de su obra al alto relieve, el mural que se encuentra adosado al muro de contención de la parroquia de Papantla, “Homenaje a la Cultura Totonaca”, el cual fue recientemente restaurado y a la fecha luce iluminado con los colores propios del mes patrio.
En esta obre se invirtieron tres millones de pesos y se logró rescatar parte de los trazos que estaban siendo afectados por la humedad, por lo cual se trabaja también en una obra complementaria que permita captar toda esa humedad y evitar un deterioro a futuro.
Más arriba en el cerro, se alza imponente la estatua monumental de un volador, que representa la figura del caporal mientras danza en la manzana colocado en lo alto del palo, convertido en el centinela de la ‘ciudad de la vainilla’.
En Poza Rica, el artista ha cubierto las paredes de escuelas, como la Concepción Fuentes, donde se encuentra el mural “Historia de México”, otra de las obras que se encuentran en riesgo por los efectos de la humedad.
Muestra de su trabajo al alto relieve se pueden admirar el mural del hospital regional de Petróleos Mexicanos, los murales del Sindicato de la Sección 30 o bien, en la propia Vicerrectoría de la Universidad Veracruzana, y en Coatzintla, desde el pórtico de bienvenida hasta la historia del municipio, contada con cemento, en la fachada del Palacio Municipal.
De norte a sur el legado de Teodoro Cano está presente en pinturas, murales o esculturas; material herencia del artista, quien se queja de dolencias en la última etapa de su vida. “Ya está muy cerca la partida, ya no puedo trabajar como antes”, comparte quien en los próximos días podría estar viajando a Europa, si sus condiciones de salud lo permiten.
A sus 83 años ha sido testigo de cómo poco a poco se ha perdido la pasión por el muralismo en México, pero asegura que los murales no morirán en el tiempo, pues reflejan episodios de la historia.
“Los grandes pintores como quiera se hacen, los de antes no serán los de hoy y cada quien va a trabajar en su plástica, en su estilo y lo más que puedo decir es que el muralismo no muere, lo que muere es la enseñanza, las prácticas, pero no muere el muralismo”.
Consciente está de lo efímero que resulta la vida humana, pero el discípulo de José Chávez Morado seguirá luchando por perpetuar su obra, la mayor herencia que puede dejar a las nuevas generaciones de artistas, quienes deberán seguir sus propios caminos para producir arte público, obras para el pueblo.


