Manuel Zepeda Ramos - ¿Hasta cuándo?

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Piedra Imán

Manuel Zepeda Ramos

¿Hasta cuándo?

Alex. Su apellido, De Large. La época y el enorme éxito alcanzado bautizó al fenómeno futbolístico del momento: la Naranja Mecánica, cuando Holanda, con Cruiff capitaneándolo, enloquecía a todo el mundo —yo incluido—, a pesar de no haber ganado la Copa del Mundo, con un futbol moderno, antagónico al del monstruo eternamente admirado: Brasil.

Hablo de la Naranja Mecánica, la gran película del neoyorkino y prolífico cineasta Stanley Kubrick, realizada en 1971 y encabezada por Malcolm McDowell en el estupendo papel de Alex de Large, ese delincuente y patológico personaje del submundo británico en donde hacía y deshacía en la sociedad de los setenta. Es esta película un ramalazo bien puesto a la violencia social que preocupaba al mundo del momento al lado del ácido lisérgico, con una dosis bien lograda de comedia que “acolchaba “las barbaridades que estábamos viendo en el celuloide.

 

La gran producción de Kubrick —Espartaco, Lolita, Barry Lindon, 2001, Odisea en el espacio, ¿Teléfono rojo? Volamos para Moscú, entre otras muchas películas—, termina con la póstuma Eyes Wide Shut —se estrenó después de la muerte de Kubrick—, un drama sicológico de las sociedades modernas protagonizada en 1999 por la pareja del momento representada por Tom Cruise y Nicole Kidman, película que en español se llama Ojos bien cerrados y que, si usted la quiere ver en este momento y tiene SKY, podrá hacerlo sin ningún problema. Quiero destacar de la producción de este gran cineasta para fines de este artículo la película El Resplandor, protagonizada por Jack Nicholson, en donde este estupendo actor norteamericano interpreta al chamuco en una de sus muchas grandes representaciones que impresionó a los cinéfilos del Planeta.

Pues ni Alex de Large con sus horrores cometidos en Londres, ni el espantoso Mefistófeles representado por Nicholson, grandes personajes ya inmortales de la cinematografía de Kubrick, son comparables a lo que la teleaudiencia del mundo global pudo presenciar con la destrucción del edifico de un partido político nacional que lograron hacer los integrantes de la CNTE en el estado de Oaxaca hace unas horas.

La banda de delincuentes que asolaba a la capital de Inglaterra con Alex a la cabeza no hubiera podido destruir un edificio completo con la saña y la rapidez con que lo hicieron los educadores de las futuras generaciones de mexicanos.

Cada cristal de grandes dimensiones cuyo costo en el mercado actual es de consideración fue roto con especial ritmo y enojo, como seguramente lo hacen quienes odian con especial sentido del coraje.

Los maestros que habrán de educar a las nuevas generaciones de la enseñanza básica en el uso de las computadoras reflejaban en sus ojos inyectados de rabia inducida por el alcohol y alguno que otro polvito prohibido, el especial gusto e intención por lo que estaban haciendo: se veían ante las cámaras explícitamente poseídos por el diablo como Nicholson lo representaba en El Resplandor, en el momento mismo de arrojar por los huecos dejados por las ventanas destruidas, las computadoras que se estrellaban en el piso metros abajo ante la incredulidad, estoy seguro, de los millones de teleespectadores que presenciaron este espectáculo mefistofélico y esquizoide, protagonizado por los que tienen bajo su responsabilidad el futuro de México.

¿Por qué es posible esto?

¿Por qué nadie de los cientos de destructores enfermos de rabia, confusión y tóxicos han sido detenidos, al menos cuestionados, por la autoridad competente?

Oaxaca tiene que responder ante estos hechos.

En medio del caos, perdida como nota furtiva que no se quiere mostrar, aparecían peticiones de los destroyers en torno a la inclusión de mil nuevos normalistas a la base educativa nacional, pero sin examen de admisión.

Esto es muy serio.

Estamos viendo destruir con saña inaudita, ejecutadas con las manos de quienes tienen la responsabilidad de enseñar a los niños de México, en horarios debidamente planeados y puestos en práctica desde hace mucho tiempo.

Los horarios no se cumplen y los maestros que deberían estar en el aula destruyen a diestra y siniestra sin que nadie les diga nada.

No es posible que esto siga así.

La falta de clases a los niños de México pavimenta el futuro impredecible de un país de más de 110 millones de mexicanos que intenta poder ver adelante con ganas de avanzar en el concierto internacional para ser un país generador de su propia riqueza y no constructor con su mano de obra regalada, de la riqueza de otros. Todo es inaudito.

¿Hasta cuándo?