POLÍTICA URBANISTA GLOBAL / EL MUNDO SE ACHICA, LAS RAICES SE PIERDEN / Arq. Braulio J. García Nieva

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La migración es quizás la actividad más intrínseca de la humanidad. Nos ha definido, ha trazado fronteras y ha moldeado el planeta que hoy habitamos. Pero en el siglo XXI ese movimiento incesante de personas comienza a producir un efecto que pocos gobiernos se atreven a nombrar con claridad: la dilución silenciosa de identidades. De pueblo en pueblo, de barrio en barrio, culturas enteras se desdibujan y con ellas, la ciudad que las contenía. El fenómeno tiene nombre técnico: gentrificación. Y sus efectos son ya visibles en algunas de las ciudades más emblemáticas del mundo. Madrid es uno de los casos más documentados.

La vivienda turística se disparó en el distrito centro de la capital española, generando un efecto expulsión masivo sobre sus residentes históricos. Quienes le daban carácter al barrio, el vecino de tres generaciones, el comercio de proximidad se desplaza a la periferia para sobrevivir, convirtiendo su propia casa en habitación de renta. Lo paradójico es que el turista busca precisamente esa autenticidad madrileña que el turismo mismo destruye. El resultado son manzanas enteras vacías entre semana, ocupadas por extraños los fines de semana.

Pero hay procesos más profundos e irreversibles que la turistificación. Francia enfrenta uno de naturaleza demográfica, arraigado en su propia biología social. Mientras la tasa de fertilidad promedio en Europa se sitúa por debajo del umbral de reemplazo generacional, la población migrante proveniente del norte de África y Medio Oriente mantiene tasas significativamente más altas. Dos décadas después de que los demógrafos comenzaran a documentar este fenómeno, sus efectos son ya visibles en la vida cotidiana: barrios enteros con identidad cultural propia, demandas de adecuación en leyes y costumbres, una Francia que se transforma sin que ningún gobierno haya diseñado aún una política urbana que gestione esa transformación con claridad y sin demagogia.

Europa vive de manera generalizada una versión de ese mismo proceso. El continente envejece, su natalidad no alcanza el reemplazo y la población migrante con tasas de fertilidad más altas y una edad promedio significativamente menor va ocupando el centro demográfico de ciudades, regiones y, eventualmente, países enteros. No se trata de un juicio moral: es urbanismo puro. La ciudad cambia porque cambia quien la habita. Y quien la habita cambia los códigos, las costumbres, los usos del espacio público y las demandas al gobierno local.

Estados Unidos lleva décadas procesando esa misma transformación, en parte porque su identidad siempre fue construida sobre capas migratorias. Pero incluso ahí los cambios sorprenden. California es ya un estado de mayoría latina. Y el ejemplo más reciente y elocuente llegó el 1 de enero de 2026, cuando Zohran Mamdani asumió como alcalde de Nueva York, convirtiéndose en el primer alcalde musulmán de origen surasiático y el mandatario más joven en ocupar el cargo en más de un siglo. (Documentacionsocial) Nacido en Kampala, Uganda, llegó a Nueva York a los siete años (ResearchGate) y desde Queens escaló hasta el Ayuntamiento de la ciudad más influyente del mundo. Es la fotografía más nítida de cómo la migración reescribe la política, la gobernanza y la identidad de las grandes ciudades. El mundo se encoge.

Las culturas se rozan, se mezclan, en ocasiones se borran. Cada vez más las culturas con mayor masa demográfica y movilidad van ocupando espacios que antes pertenecían a tradiciones centenarias. Esto ocurre de manera independiente de las políticas migratorias o las barreras que intenten imponer los países: la gente se mueve, y con ella se mueven sus creencias, sus costumbres y su forma de entender la ciudad. La afirmación que le corresponde a la política urbanista global es que la identidad de un pueblo se protege con planificación, con política de vivienda que evite el desplazamiento, con inversión en espacio público que permita la convivencia, con gobernanza local que entienda que la ciudad es memoria viva. El mundo se achica. La tarea es asegurarse de que no se pierda lo que nos hace distintos, únicos e irreemplazables como pueblos.