La rebelión geopolítica / Irán, Estados Unidos y el fracaso de la fuerza / Por. Talya Iscan
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Hay guerras que se venden como inevitables y terminan revelándose como lo que siempre fueron: decisiones políticas incapaces de calcular sus propios costos. Lo que hoy ocurre entre Estados Unidos e Irán ya no puede presentarse seriamente como una operación quirúrgica, limitada o estabilizadora.
Entró en su sexta semana, Irán rechazó una propuesta estadounidense de alto el fuego de 48 horas, aunque al mismo tiempo dejó abierta la puerta a conversaciones mediadas por Pakistán para un final “conclusivo y duradero”. Ese dato importa porque muestra algo esencial: la diplomacia no estaba muerta, pero la guerra decidió hablar más fuerte.
El problema central es que Washington prometió control y está cosechando desorden. Reuters reportó este sábado que dos aviones de guerra estadounidenses fueron derribados sobre Irán y el Golfo; un piloto sigue desaparecido y dos helicópteros Black Hawk que participaron en su búsqueda también fueron alcanzados por fuego iraní.
Eso no describe una campaña bajo dominio total del cielo, sino una escalada cada vez más costosa, más impredecible y más difícil de vender ante la opinión pública. Incluso analistas citados por Reuters hablan ya de una situación de “lose-lose” (perder-perder) para Estados Unidos: si se retira, queda mal; si profundiza la guerra para buscar una derrota integral de Irán, queda peor.
También se derrumbó la narrativa de que esta guerra protegería la economía mundial. Hoy el estrecho de Ormuz sigue siendo el gran recordatorio de que la fuerza militar no resuelve automáticamente los cuellos de botella geopolíticos. Irán ha mantenido prácticamente cerrado un paso por donde normalmente circula alrededor de una quinta parte del comercio mundial de petróleo, y aunque este sábado autorizó el paso de barcos con bienes esenciales hacia sus propios puertos, la restricción general sigue intacta.
Según fuentes citadas por Reuters, la inteligencia estadounidense cree que Teherán no aflojará pronto ese control porque es su principal palanca frente a Washington. En otras palabras, en el intento de neutralizar a Irán, Estados Unidos terminó reforzando su capacidad de disrupción energética.
El costo ya no es abstracto. En Europa, cinco países de la Unión Europea, Alemania, Italia, España, Portugal y Austria, pidieron esta semana un impuesto extraordinario a las ganancias energéticas para amortiguar el impacto social del alza de combustibles. Reuters informa que los precios europeos del gas han subido más de 70% desde el inicio de los ataques del 28 de febrero.
En Estados Unidos, el precio promedio de la gasolina superó los 4 dólares por galón por primera vez en más de tres años, y Reuters señaló además que podría subir hasta un rango de 4.25 a 4.45 dólares la próxima semana. Las guerras casi nunca las pagan quienes las deciden. Las pagan las familias, los transportistas, los consumidores y las economías ya exhaustas por una inflación persistente.
Por eso esta guerra también empezó a perder legitimidad en casa. Un sondeo Reuters/Ipsos halló que 66% de los estadounidenses quiere terminar rápidamente la participación de su país en la guerra, incluso si no se cumplen todos los objetivos declarados por la administración Trump.
El mismo estudio encontró que 60% desaprueba los ataques militares contra Irán. Y mientras suben los combustibles y cae la confianza, Reuters reportó este sábado que la aprobación de Trump cayó a 36%, al punto de abrir discusiones internas sobre una posible reorganización del gabinete. Cuando una guerra empieza a ser políticamente tóxica incluso para quien la impulsa, no estamos ante una demostración de fuerza, sino ante una erosión acelerada de autoridad.
Tampoco Estados Unidos ha logrado convertir esta guerra en una causa compartida por sus aliados. Europa ha tomado distancia de forma cada vez más visible. Reuters informó que Francia, Italia y España negaron apoyo militar o espacio aéreo para operaciones vinculadas a la guerra, y que España defendió su postura en nombre del derecho internacional.
Días antes, otra crónica de Reuters resumía el clima europeo con una frase demoledora: “not our war”. Alemania fue todavía más clara. “No es nuestra guerra, no la hemos empezado”, dijo su ministro de Defensa. En Reino Unido, una encuesta de YouGov citada por Reuters mostró una oposición de 49% frente a 28% de apoyo a los ataques. La soledad estratégica de Washington ya no es una hipótesis, es una tendencia.
Y ahí está la crítica de fondo. Esta no es una guerra defensiva en el sentido moral en que suele presentarse, ni una guerra capaz de producir orden. Es una guerra que ha matado a miles, ha desestabilizado la región, ha golpeado el mercado energético, ha deteriorado la cohesión atlántica y ha vuelto más frágil la propia posición estadounidense. Hasta el papa León pidió esta semana a Trump buscar una salida para reducir la violencia. No es una observación ingenua. Es la constatación de que la continuidad bélica ya no responde a una lógica de seguridad, sino a una lógica de obstinación.
Sostener esta guerra en nombre de la paz se ha vuelto insostenible. Si el saldo visible es más petróleo rehén, más inflación, más aislamiento diplomático y más muertos, entonces la pregunta ya no es cómo ganar. La pregunta es cuántas pruebas más hacen falta para admitir que la guerra ya fracasó.


