Pascal Beltrán del Río - Inspirar
Aquella tarde del 16 de julio de 1950, en los vestidores del estadio de Maracaná, los dirigentes del futbol uruguayo acudieron a desearle suerte a su selección, que se enfrentaría con el anfitrión Brasil en el partido decisivo del Mundial.
Para ellos, la suerte consistiría en que no los golearan. El doctor Juan Jacobo, uno de los federativos, dijo a los jugadores que habían llegado suficientemente lejos. “Está bien si se comen cuatro goles —afirmó—, pero traten de no comerse seis”.
Sin embargo, el capitán de los charrúas, el centrocampista Obdulio Varela, a quien apodaban El Jefe Negro, había preparado otro tipo de discurso.
Conminó a sus compañeros a no dejarse asustar por la multitud en la tribuna y a concentrarse en lo que pasaría en la cancha. “Ahora vamos a jugar como hombres...


